«BEN & JERRY’S», CON B DE «PE» Y J DE «TE»

BJ: abreviación de Ben & Jerry’s. O Blow Job ( “pete” en inglés).

No estoy segura de que en Argentina se consiga BJ. El helado, digo; el pete de industria nacional siempre tuvo oferta, y siempre tuvo demanda. En todo caso, BJ es un helado americano que se compra en una pinta de cartón, normalmente en kioscos o supermercados. Siempre viene en sabores estrambóticos, como Chunky Monkey (“mono fornido”: helado de banana con cosas adentro) o hasta Netflix and Chill (if you know what I mean). Y tiene una mística medio como la que en su momento supo tener Häagen-Dazs: ese deseable nosequé que tienen los extranjeros con nombre extraño. Qué humectante el acento extranjero, no? El italiano, el francés, el español, el portugués… No sé, es súper personal… Pero a mí pocas cosas me calientan como un ruso hablando inglés. 

Y estar en el extranjero también tiene esa cosita deliciosa de sabernos en un espacio donde muy probablemente nadie nos reconozca, donde hay un menú bastante diferente a todos los postres hechos en casa. A mí cuando estoy de viaje me penetra una sensación de liberación, de autoconfianza y empoderamiento. Siento que nada de lo que haga va a estar del todo mal, y me doy la libertad de hacer cosas que no haría si no estuviese de vacaciones lejos de casa. Como de más, bebo de más, cachondeo de más. Total, es como si nadie nos estuviese viendo. 

BJ hay en casi cada esquina de Berlín, tanto como oportunidades para cachondear. Hay de hecho hasta una heladería exclusiva donde podés pedir lo que quieras. Heladerías hasta dentro del boliche anfitrión de las sex parties más importante del mundo. También hay un local de Ben & Jerry’s, donde podés pedir sus helados. También lo encontrás en Barcelona. Hace unas semanas, haciendo safari en un supermercado catalán (porque para mí eso es turismo; un supermercado es para mí la zona roja de una ciudad), encontré un BJ que no conocía y que reunía todo lo que me gusta: Vanilla Pecan Blondie (helado de vainilla, nueces pecan, pedazos de brownie rubio y remolino de caramelo). Si bien soy la primera defensora del misionero y coger en cámara lenta, también amo experimentar de vez en cuando con algún que otro juguete o salsa acaramelada.  Un helado de vainilla con frutos secos, galletita y algo muy parecido al dulce de leche que se chorrea y te pide a gritos que le pases la lengua es, para mí, el BDSM de los helados: tiene lo que me gusta, lo que me hace agua la(s) boca(s), pedazos duros, un dulzor líquido llenándome la boca, un poco lo que me da miedo, y también lo que conozco; el placer de lo simple, lo básico, lo dulcemente previsible, lo que nunca falla. Porque en definitiva, el helado de vainilla es un caballo de Troya, un as en la manga, es ese vestidito negro que nunca te abandona, el que te garantiza la pija colonizada. El tema es saber combinarlo con los elementos y la intensidad correcta. Elegir qué tipo y cuánto de picante se quiere traer a la ecuación. 

Si el Vanilla Pecan Blondie fuese un simple helado de vainilla, sin trozos difíciles de meter por la garganta, ni siendo mezquinos a la hora del(a) acabado(a), sería el helado casi casi perfecto. Tiene un sabor a vainilla muy genuino, aunque un poco invadido por el gusto a azúcar. Nunca deja de sorprenderme, lo mucho que se confunde a lo vainilla con lo dulce. El sexo vainilla no es necesariamente romance y dejarse las medias puestas durante el polvo, y el BDSM no es necesariamente lo contrario. El BJ en cuestión tiene el derretido perfecto; te va besando la lengua a medida que entra en tu cuerpo, se derrite a la velocidad de los besos, y su lechosidad aterciopelada baja por la garganta con frescura y decisión al mismo tiempo. Como haciéndote un mimo y dándote un chirlo al mismo tiempo. Pero al seguir chupando te atragantás de prepo con las pecan ENTERAS. De verdad me gusta un poco de crunch, pero atorarme con una pecan no es la idea de asfixia erótica que tenía en mente. No siempre más es más, y a veces el tamaño sí importa. Es como hasta una falta de consideración mandar los frutos secos enteros como si no hubiese una persona del otro lado; como meterle la pija a alguien hasta el fondo de la garganta fuerte y sin aviso. No lo hagan, amores, simplemente no lo hagan. Vayan de a poco, y tanteen el camino. Aaaahhh, pero si les dan consentimiento, aprieten el acelerador hasta que se les pare el corazón.
Totalmente imperceptibles los pedazos de blond brownie en Vanilla Pecan Blondie. Quizás son tan esponjosos que absorbieron la leche a su alrededor, o quizás les batieron la crema demasiado fuerte y se rompieron los pedazos de torta hasta hacerse migajas inapreciables. tiene un problema también con el tema del caramelo. Rico, dulce, elástico. Pero tannnnnnnnnnnn poquito! Qué feo cuando te dejan con las ganas! Una vez que me animo a bastardear el helado de cabecera, una vez que me tiro a la pileta, una vez que digo “ya fue todo”, y me mezquinás con la cereza del postre… Duele casi como una traición la escasez de salsa de caramelo en ese helado, desperdicia toda la adrenalina que estuve haciendo crecer hasta ahora. Como cuando te calientan y en vez de concretar te dejan al palo. 

Avanzada mi visita en Barcelona, tuve la suerte de comer el volcán de dulce de leche de mi hermana. A la segunda cucharada me acordé que quedaba un poco del Vanilla Pecan Blondie. Había sido una cena deliciosa, casera y abundante, en una mesa llena de argentinas tomando vino y riéndonos fuerte. Es raro cómo a veces vamos a buscar afuera lo que tenemos dentro; cómo muchas veces nos vamos al extranjero a liberarnos, revolear la tanga y encontrar algo mejor (o al menos más excitante), y el corazón -o la concha- nos tira a quedarnos adentro disfrutando de gente que es de ese lugar que dejamos atrás. Es muy loco terminar dándonos cuenta que lo que estábamos buscando lo teníamos en casa, en el mismísimo cajón de las medias. Tuve esa epifanía de unir postres, pues de vacaciones y más en el extranjero las calorías no se cuentan, y fue extasiante. El helado se derritió un poco con el calor del volcán como a mí se me empapaban de deseo todas las cavidades. Punto caramelo. BJ se convirtió en perfecto cuando le dí lo que le faltaba, y eso era lo mejor del otro mundo: el dulce de leche. El caramelo que usan acá está bueno, pero nada se le compara al ddl. La combinación del helado y el volcán era aún mejor que los postres por separado. La chanchada absoluta de comer todo eso, todo junto, y el placer que me genera el pecar de hedonista mandarme cosas a la boca.

Conclusión: gran potencial pero hay una falla en la receta entre cantidades, tamaños y orígenes de los involucrados. Un helado que da bronca comer porque es caro y prestigioso y ecofriendly y te hace infla las expectativas; te relamés esperando algo de primerísima línea, algo perfecto. Pero en la primera lamida ya podés darte cuenta de todo lo que podríamos haber sido juntos, pero un error de cálculo decidió lo contrario. Un 50% menos de lo correspondiente de salsa de caramelo y un helado pasa de prestigioso a mediocre.

Mi consejo personal: si la vas a hacer, hacela bien. “Go big or go home” (a lo grande o a casa) dice el dicho, no? Ponele ese kilo de dulce de leche que ese helado está pidiendo a gritos, cogete esa pija, comete esa concha. Aunque atenti la piñata, que ese fuego que a veces creemos necesitar en la cama puede estar mucho más a mano de lo que pensabamos.

Puntuación oficial:

  • PRECIO-CALIDAD 3/5
  • VAINILLA 4/5
  • CREMOSIDAD 5/5
  • VOLVERÍA A PASARLE LA LENGUA 3/5

Veredicto: 🍦🍦🍦 3/5 CREMITAS

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