CARTA ABIERTA A UN HIJO DE CASI UN AÑO (Y MUCHÍSIMOS POR VENIR)

Hasta hace no mucho tiempo te sentía más mío que de nadie más. Es que SOS mi hijo, y yo tuya para siempre. Pero hubo algo en eso de haberte llevado dentro durante 9 meses, o casi 42 semanas, o 298 días, que me hacía sentirte más mío que de nadie más. De haberte compartido sangre, sudor y lágrimas. De haberte compartido todos mis órganos, todos mis secretos y pensamientos. De haber sido uno juntos. De haber sido nidito, y confidencia, y universo juntos. Solos. Vos y yo.
Me regocijé durante meses en ese sentimiento de mutua pertenencia (antes y después de que nacieras); en el que yo te conocí mejor que nadie, antes que nadie. Me alivia reconfirmar a diario que buscás y preferís mi olor, mi piel, mi voz, mi energía y mis tetas por sobre cualquier otra(s). Qué honor, qué orgullo ser tu lugar seguro. Al mismo tiempo me enorgullece y me desespera que estés aprendiendo a caminar y la curiosidad te atraiga hacia el mundo mientras te aleja un poco de mí.

Aunque hermosa, no es tarea fácil verte crecer. Sos fiel hijo de tu padre; mandado, curioso, aventurero, carismático, irresistible. Vas por la vida sin miedo y te comprás a cuanta persona se te cruza con tan sólo dedicarles una sonrisa. Coqueteás con extraños sin vergüenza alguna y sin siquiera chequear que yo esté cerca; te entregás a ellos como un rockstar a sus fans. Tenés ese nosequé que hace que la gente te adore de sólo mirarte, que quieran ser parte de tu mundo. Y va más allá de tu condición de bebé tierno y morfable. Sos un imán de corazones. “Bebé amado” te decía tu abuela desde antes de que nacieras. Y es que si hay algo que es innegable es lo fácil que es amarte. Hasta me animo a decir que es parte de lo que te define. Nunca vi a nadie amar como se te ama a vos. Yo he sido amada en la vida, eh. Pero por esas mismas personas que supieron amarme a mí, nunca las vi amar como cuando es con vos…

Espero te sientas amado, hijo. Esa es una de mis más grandes metas en la vida. Desde el día en que decidimos buscarte (o encontrarte?) que hice un voto de amor silencioso, jurándote amor eterno, comprometiéndome a saber acompañarte. En las buenas, en las malas y en las peores. Siempre, pero SIEMPRE, hijo mío, voy a estar ahí para vos. Con vos. Juro ante la dicha de haber existido para conocerte, que mi vida gira en torno a tu sonrisa, que doy todo lo que soy y tengo por saberte feliz.
Juro criarte como un niño libre, respetando quién sos y quieras ser. Pese al egoísta dolor que me genera que crezcas y aprendas a desplazarte, entre otros planos, lejos de mí, me llena de alegría, acepto y abrazo la idea de que vos, hijo mío, le pertenecés a la vida, y la vida te pertenece.

Hay tres cosas que todas las personas que te conocen señalan -un poco sorprendidos- sobre vos: lo bello que sos (más allá de la belleza de los bebés por default), lo chilled que sos para ser un bebé (reconozco que esto hasta llegó a preocuparme en tus primeros momentos de vida, pues madre siempre preocupada, nunca impreocupada), y que ante todas las cosas se te nota que sos un bebé feliz. Y no lo digo (sólo) yo, como tu madre cegada por la baba que soy. Son tres pilares tuyos que se perciben a kilómetros de distancia, incluso por las personas que menos te conocen. Y es tan loco, que tu belleza, tu templanza y tu felicidad nos estén dando a muchos de nosotros los mejores recuerdos de nuestras vidas, y a vos te falten años para generar tus primeros recuerdos. Ay! Si pudiera enmarcar tu carita de FELICIDAD cuando te despertás a la mañana y con los párpados aún pesados pareciera que fueras a llorar de felicidad ante el comienzo de un nuevo día, mientras te chocan la mirada los primeros rayos del sol y tratás de abrir las cortinas de tu cuarto a los manotazos. Ay! Si pudiera enmarcar la luz que ilumina tu mirada cuando tu papá entra en una habitación. No te reís con nadie como lo hacés con él. Me llevo tu risa como bandera, por ella todo vale la pena. “Nadie te va a mirar como él”, me dijeron cuando todavía estabas en la panza. Y tenían razón, amore mío. Cada vez que me mirás se te relaja la cara, parece como si e te calmara el alma. Ay! Cómo quisiera poder enmarcar tu carita, tu luz, tu mirada, tu sonrisa ancha. Y qué loco que no vayas a acordarte de nada de esto.

Marlon, hijo mío, el amore mío, si de algo vale, juro y perjuro que dedico desde el día en que exististe y desde este momento, todo mi tiempo, mis intenciones y amor a incentivarte a no olvidar la frescura, la plenitud y el regocijo con el que vivís cada día, y con el que nos contagiás día a día. Berlín fue de repente la ciudad del sol gracias a tu sonrisa. De vez en cuando nos tirás besos, chocás los 5, movés las manos al son de “tengo una manito”, aplaudís como celebrando la vida y bailás a través de ella desde incluso antes de nacer. También aprendiste a decir: mamá, papá, tía, teta, banana, nene, magia y bardo (te juro!). Todos estos enormes pequeños aprendizajes me resuenan a buen augurio, a una predicción divina de los tiempos por venir junto a vos. Y brindo por mil años tuyos más; llenos de mamá, papá, bocha de magia y mucho bardo.

Y como mamá tuya que te ama y te adora, me comprometo a hacer de todos tus días un día soleado, aunque nos quedemos en Berlín los próximos cien inviernos.
Andá tranquilo, hijo mío, adentrate en la vida sin miedos, que aunque me sueltes la mano yo siempre, pero SIEMPRE, voy a estar ahí sonriéndote cuando mires para atrás.

Te amo, para siempre. Sos lo todo, Marlon Cosmos.
Gracias por elegirme como mamá. Ay! Qué privilegio el mío, amore mío!

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