INTERMEZZO (parte II)

Le hice un chiste y lo vi reírse como hacía meses que no se reía. Qué bello hacerlo reír así… Creo que poder hacer reír es uno de los mejores talentos que se pueden tener. Hacer reír a alguien puede ser igual de íntimo que darse un beso. O incluso más. Si sos una persona lo suficientemente observadora, podés hacer ese humor situacional e improvisado, y la otra persona queda involucrada en el la joda, eso lo hace, aparte de una situación íntima, una personal. Es complicidad. Es ser parte de una misma cosa con alguien. Es compartir, es develar. Dime de qué te ríes, y te diré adónde perteneces.

Nunca fui la más graciosa tampoco, eh. La gente a mí nunca me cree que soy cordobesa por 3 razones: 1) No tengo tonada; mi viejo es de La Plata, mi mamá de Santa Fe, y soy de La Cumbre. 2) No tomo fernet (ni viajero); lo hice mucho durante mi adolescencia y my early 20’s, pero me empezó a dar tanto asco la cantidad de coca que estaba tomando que no pude nunca más tomar ni gaseosa ni Fernet, con ninguna de sus posibles combinaciones. 3) No hago reír a la gente a carcajadas en reuniones sociales; creo que si leyeron hasta acá no hace falta explicar éste. Yo sé que no soy la graciosa del grupo, ni de la mesa. Lo tengo recontra claro y creo que no me molesta. Pero reconozco que no me río con nadie como conmigo misma (y eso que soy audiencia fácil, eh). A ver, tampoco es que no hago reír a nadie; la gente que me conoce posta, se ríe conmigo. He conquistado a través del humor y he evitado problemas con la cana gracias a él, también. Hago reír hasta a mis psicólogos (sí, en plural) mientras les cuento mis miedos y miserias. En gran parte cuando hago reír es porque no tengo miedo de reírme de mí misma (de hecho lo recomiendo). Pero cuando más me cago de la risa es cuando estoy sola, y cuando más dolida salí de algún vínculo, fue en parte porque me dolió perder a un cómplice de risas, algún chiste interno, la sensación de pertenecer juntos a un mismo momento, a una manera de pensar, de reír, de ir por la vida.

Es tan tan clave, pero tampoco alcanza sólo con el humor. Con E. nos reíamos tanto tanto tanto. Me dan ganas de volver cuando pienso en las horas que pasábamos sentados charlando meándonos de risa, fumando y mirándonos a los ojos, calentándonos sin poder creer toda la magia que había entre nosotros. Fue la primera vez, desde Sebastián, que tuve una relación tan de compinches. Nos entendíamos casi telepáticamente. Me encantaría poder acordarme qué le dije. Y poder ahora, con un poco de distancia, ver si efectivamente fue gracioso o si fue el amor lo que nos llenaba de dopamina. Igual no importa, la cuestión es que se lo veía tan feliz! Se me ensanchó el pecho de orgullo por mí misma por ser capaz de generarle a alguien tanta endorfina. Después me inundó la tristeza de darme cuenta que no podía hacerlo realmente feliz por más tiempo que un momento, por más de lo que dure un chiste. Qué poderosa me sentía de poder darle a alguien tanta felicidad, y qué poca cosa me sentía cuando me daba cuenta que no sabía cómo hacer feliz a alguien a la larga. Porque no sabía cómo hacerme feliz a mí misma a la larga. Qué tremendo el instante en el que me di cuenta que probablemente ese chiste sería la última vez que lo haría tan feliz. Cómo puede ser que tenga tanta capacidad de hacerlo reír como de romperle el corazón? Es demasiado poder sobre el otro, al pedo.

Fue un deja vu de casi 7 años atrás, cuando le pedí un tiempo a Sebas, pero nos duró 2 minutos porque no sabíamos (ni queríamos) estar sin el otro, y empezamos a salir otra vez enseguida. Fue reempezar un poco la relación, reconquistarnos, recalentarnos, reencontrarnos. Bastó romper la relación para que empezáramos a tener el mejor sexo de nuestra historia. Tenía algo de excitante no saber qué pasaría, si volveríamos a ser novios y jurar cogernos para toda la vida, o si ese era nuestro último polvo antes de que cada uno partiera por su propio camino. Romper con la formalidad del noviazgo y la zona de confort nos empujó a coger como si no hubiese un mañana, porque quizás no lo había.

Él quería estar conmigo; yo no sabía qué quería. Y tampoco sabía cómo estar con él en ese momento. Pero sentía que era un «ahora o nunca», y lo era. Porque siempre lo es. Y me quedé adentro de nuestra relación apretándole la mano como si mi cuerpo hubiese perdido efecto de la gravedad y tuviese que sujetarme de él para no irme volando hacia la estratósfera. Me quedé mucho más de lo que debería haberlo hecho. Bueno, no se si mucho, pero de más, seguro. Y me costó mucho darme cuenta de lo que necesitaba hacer (aunque todavía no me daba cuenta de qué necesitaba), y también me llevó un tiempo largo tomar coraje y animarme a decirle lo que (creía) necesitaba. Y le pedí ese tiempo, y volví a ser insoportablemente débil y recaí en sus pies enseguida. Empezamos a encontrarnos, a coger y a amarnos como nunca antes, y nos confundimos (o al menos yo), y eventualmente volvimos a estar juntos para durar 5 meses más y volver a separarnos, esta vez del todo. Pero me acuerdo una vez muy puntual durante ese tiempo que nos estábamos tomando, de estar acostados en su cama los dos sonrientes mirando el techo post garche. Tratábamos de asimilar lo fantástico que éramos juntos en la cama, aún jadeantes, extasiados, sudados, enamorados, solteros, y él me hizo un chiste que me hizo reír como hacía meses que no me reía. Estallé de risa. Me encantaría poder acordarme qué me dijo. Igual trato de hacer memoria y aunque el chiste se me escapa, la sensación está intacta. Si hurgo en el recuerdo de ese momento, siento como mariposas acariciándome el pecho desde adentro, el interior de mi boca y la boca de mi concha vibran un poco y se mojan. La concha no miente. Y el humor enamora y el amor a veces nubla la parte del cerebro que toma decisiones y donde crea recuerdos. Sebastián se incorporó sobre su lado derecho, apoyando el codo en el colchón y descansando el lado de su cabeza en la palma de su mano, con sus largos y huesudos dedos de bajista que yo adoraba enmarcándole la cara. Me miró como aún sin poder creer que yo estuviese otra vez desnuda en su cama. “Si te puedo hacer reír así, por qué no podemos estar juntos?”, me preguntó como si yo tuviera respuesta a mano a ese planteo. La risa se me diluyó y no supe qué decirle. Pienso en este momento y todos mis pares de labios entristecen. La concha no miente. Lo miré muerta de miedo, queriendo serle sincera pero no encontrando palabras que no rompieran el hechizo de ese momento tan bello, tan efímero e irreal, con la novedad de volver a compartir algo íntimo. No sabía la respuesta a esa pregunta, pero sentía la certeza de que no podíamos hacernos felices a largo plazo. Al menos no en ese momento. Yo no sabía estar con él en ese momento. Porque sólo el amor (y el humor) nunca alcanza. Nunca. Hace falta que funcionen como un relojito un millón de otras tuerquitas y tornillos meneándose al ritmo en un punto caramelo que es casi siempre imposible de sostener.
Mi primer tatuaje me lo hice por despecho a mis viejos unos meses antes de terminar la secundaria. “Arte” en árabe. Después me tatué el nombre de mi hermana (y ella el mío). Y acá se me agua un poco la memoria, pero casi segura que el tercero fueron los relojitos de “Amantes Perfectos” de Félix González-Torres. Son dos relojes, seteados a la misma hora, uno al lado del otro. En la obra original, los relojes marchan con un andar tan sincronizado, que si cerrás los ojos te es imposible adivinar que son dos relojes, van tan al unísono, tan fundidos el uno con el otro que sus agujas avanzan todas juntas como si fuesen una. Y es imposible percibir que ese ritmo vaya a ser bastardeado, pero llega un punto en que todo se empieza a correr de lugar. Eventualmente uno de los relojes (o ambos) hace un clic fuera de repertorio y empieza a hacer tictac a un ritmo diferente, y las horas que marcan con sus agujas empiezan a separarse cada vez más, hasta que la batería en uno de ellos (o ambos) muere, y muere también el deseo y la posibilidad de reencuentro. Es una metáfora del amor, es una obra sobre la pérdida personal y la naturaleza temporal de nuestra vida. El timing.

Me costó muchísimo cortarle la primera vez. Lo mastiqué durante meses antes de poder planteárselo. No sabía cómo hacerlo, tampoco sabía si de verdad eso era lo que quería, me daba miedo jugármela por algo que no lo incluyera a él. Pero por sobre todas las cosas me costó porque sabía que le iba a romper el corazón. A ver, aunque siempre sentí que estaba haciendo lo que había que hacer, a mí también me quedó el alma destrozada cuando por fin junté coraje y le dije que necesitaba estar un tiempo sola. Pero me dolía más dolerle a él. Me dolía más su dolor que el mío propio. Prefería seguir sin ser feliz antes que lastimarlo, porque lo amaba más que a mí misma. Y esa era la madre de nuestros problemas. 

Apenas empezada la (primera) cuarentena, me vino.
Si bien la genética materna me ha bendecido con unas piernas largas y fibrosas, también me ha agasajado con un eterno rollo fofo en el bajo vientre. No me quejo del cuerpo que tengo, pero me llama poderosamente la atención que no importa cuánto adelgace, cuánto entrene, cuánta dieta haga; la cintura se me achica, las piernas se me vuelven de maniquí, los pómulos salen disparados de mi cara como chichones, el culo y las tetas se me achican, aaaaaaaah, pero el rollo, siempre presente. Ahí sigue, siempre. Lo odié durante muchos años, luego lejos de amigarme con él, me amigué con la idea de que nunca voy a tener una panza chata. Y eso está bien. Pero cuando engordo, o cuando me viene, el rollo florece como jacarandá en avenida Libertador. Estoy convencida que hay un agujero negro genético donde las mujeres de mi familia tenemos una incapacidad absoluta en generar -y endurecer- músculos en esa parte del cuerpo. Donde debería haber abdominales nosotras tenemos un saco casi cilíndrico lleno de grasa perenne, recubierto de la piel más finita y elástica del mundo, que al mínimo pedo que se te quede atravesado en el cuerpo se te hincha la panza como si estuvieses embarazada de 4 meses. Cuando entonces esa mañana de incipiente covid pandémico me vi la bombacha manchada de rojo pasión, me alegró la obligación de no ver a nadie en todo el día, de no tener que elegir qué prenda de ropa me marcara menos el rollo, de no tener que meter la panza constantemente, de no tener que caretear nada con nadie.

Hacía meses que cada vez que me venía, el útero me pedía nidito. Yo sabía que E. no era el padre de mis hijos, pero a pesar de él, mis adentros me exigían una cría. Paciencia, cuerpa! Peor que apurar o forzar al amor es apurar o forzar un hijo. Me pasé esos 5 días sanguinarios escuchando al cuerpo, en bombacha echada en la cama en posición casi fetal, como haciendo un duelo. Llorando, claro. Tenía la panza hecha una pelota y me sentía como un animal herido, o como una leona que está por parir. Son los gatos los que se van a morir en soledad? Miau.

Dos años después entendería que parir y morir son casi la misma cosa. También, nacer. Pero en aquel aún joven 2020, me moría todos los meses un poquito, sólo para renacer más fuerte 5 días después, más fuerte, más segura, más sexy, más mujer, menos enamorada de él, y más de mí misma.

Menos mal que de todas las cosas que nos salen de la concha las palabras no son una de ellas. Porque la concha no miente, y no todo el mundo se banca la verdad. La que a veces se ciega es la Magic Pussy. En especial cuando tiene un encuentro cercano del tercer o cuarto tipo con un Magic Dick. Tantas veces, con la entrepierna obnubilada me he entregado a hombres que no; que no eran para mí, que no eran lo que juraban ser, que no me querían, que no me querrían, hombres que declaraban que yo les pertenecía, y yo obedecía contenta. Fácil de convencer, al final la Pussy. Con un nivel de entrega que esas pijas no merecían. He nombrado ya las que me han merecido: Sebastián, Sebastián L., El Alemán, E. … y ya les contaré del Sebastian Alemán (Sebastian sin dibujarle el acento, pero con la intención en la primera A: SebAstian), y cómo se ganó el lugar en la lista de merecedores. Pero todos en esa lista tienen en común que me encontraron en un momento, aunque de leve distracción, de mucho amor propio. La mayoría de las veces yo no supe que el ingrediente secreto era el amor propio (y que yo tenía la llave de la caja donde lo tenía guardado). Y las veces que la vida me refregó la cara en el amor propio fue de manera tan poco consciente para mí, que me costaba sostenerlo entre mis manos. Como que terminaba chocándome contra el amor propio de prepo, por accidente, sin darme cuenta dónde me había metido. Cada vez que las condiciones se dieron y yo logré quererme un poquito, yo no me di cuenta de lo mucho que me estaba queriendo a mí misma. Y fueron procesos tan fuera de mi registro, que cuando luego hubo algún factor externo que me tiró un poco abajo, no supe agarrar de las riendas al amor propio y se me escapó de las manos como un pájaro. Muchas veces rasguñé las alas del amor propio, pero se me coló por entre los dedos casi sin dejar rastros. Como los hombres.

Yo creo que lo que confunde mucho a la Pussy es la eterna búsqueda y esperanza de un amor. De ese amor de un par, alguien “como ella” (whatever that means) que la quiera por lo que es, que la elija. Cuando yo era chica (y no tan chica) mi mamá solía decirme mucho que me amaba, pero también a veces agregaba algo como “Yo siempre te voy a amar, (porque) soy tu mamá”. Siempre entendí desde dónde me lo decía; yo toda la vida me sentí amada y creo que eso es un privilegio, un regalo, no creo que sea algo de lo que mucha gente pueda jactarse. Y obvio que se sentía bien saber que, sin importar lo que pasara, lo que hiciera, siempre iba a haber debajo mío una red de amor que me atajara ante una caída. Creo que eso, sin importar lo que pase, te salva de la locura. Pero a mí también me sonaba que yo no me había ganado ese amor. Había estado ahí desde antes de que yo naciera, y cuando ella me hablaba así, parecía que su amor también iba a estar ahí incluso después de que yo muriera. Qué había hecho yo para ganarme ese amor? (Sólo) Existir? Mi existir es obra de mi vieja (y mi papá, claro). Entonces en algún extraño lugar sentía que el amor que ella me daba era un sentimiento que ella misma se generaba, que era de su autoría, no la mía. A ver, que no se malentienda. Yo amo a mi hijo de la misma forma, no es una crítica lo que estoy haciendo. Sólo que tengo la teoría que a mí eso fue algo que me empujó a toda la vida perseguir un amor que sentía que no tenía. Toda la puta vida con el único y existencial deseo y motor de sentirme amada por un par.

Hace unos días leí algo que me dejó pensando: “Uno ama como lo han amado. Uno sólo sabe dar amor de la manera en que lo ha recibido”. Más lo pienso y menos convencida estoy de que el amor necesariamente funcione de esa manera. Pero es cierto que yo toda la vida he amado, especialmente a los hombres que no me correspondían, de una manera desmedida, desmesurada, gigante, intensa e incondicional. Y el amor que yo buscaba que me devolvieran era un amor condicional, que me eligiera por lo (graciosa) que soy. De mi hijo también espero, secretamente, un amor condicional. No sé si es posible amar a tu propia madre condicionalmente. Pero creo que sería lo más sano para todos. Yo quisiera que mi hijo me ame por lo que soy, por cómo soy con él. No quiero que me perdone lo imperdonable, que me ame sin importar qué. Espero me sepa amar con criterio y condicionamiento.

Creo también que parte del crecimiento y la falsa conquista del amor propio (digo “falsa” por lo que decíamos de que no es un camino lineal ni algo a lo que nos podamos encadenar) es tener la claridad y la fortaleza de elegir a quién pertenecer. Si ya séeeeee que las personas no son cosas que se puedan (ni deban) pertenecer. Pero vos sabés cómo es cuando la Pussy baja la guardia y el corazón se te enamora. A mí me pasa que enamorada podría abrirme el esternón con las manos, arrancarme el corazón y dártelo aún latiendo con un moño y una notita que diga “Tuya”. He vivido tan desesperada por pertenecer (y por pertenecerle a un otro). Creo que me excitaba más la idea de entregarme a una persona que a una parte más grande de la sociedad. Siempre me sentí sapo de otro pozo: en el colegio, en el pueblo, en mi país, en las fiestas, en los viajes, reuniones, los laburos en relación de dependencia que tuve, y en casi cualquier otra situación social.

Salí un tiempo con uno que era medio futbolero. Un boludo de Boca y por una historia muy poco espectacular también afiliado a Gimnasia de La Plata (una puñalada para mi papá pincharrata). Yo quería pasar todo el tiempo posible con él, y ni me importaba el contexto. Soy famosa -entre otras cosas- por lo poco futbolera que soy. De muy muy chiquita fui una vez a la cancha con mi viejo y con mi hermano (hijo de mi papá) y se transformó en un recuerdo vago pero de mucho disfrute y de verlo a mi viejo feliz, que siento siempre vi demasiado poco de eso. Ese había sido mi única experiencia en carne propia con el fútbol. Durante los cuartos de final contra Alemania en 2006, toda la cumbre entera estaba mirando el partido. Era un frío viernes de fin de junio, y yo estaba en una de mis etapas de fitness y obsesión con hacer deporte y estar sana y flaca y divina. El pueblo está atravesado por la bastante transitada Ruta 38. La tomábamos todos los días para ir al colegio y es el camino a tomar para entrar o salir de la localidad. Y ese día me fui a andar en bici hasta el pueblo de al lado, feliz de la soledad que me había traído el partido. TODO el pueblo lo estaba viendo. Ya volviendo a casa, cansada, mordí banquina en una curva ciega donde la diferencia de calzada es como de 10cm. Quedé tirada en la curva, en medio de la ruta, tarada del golpe que me había dado en la cabeza contra el asfalto (el casco me quedó todo arañado), me dolía todo y sentí que no podía moverme. Pero me daba mucho miedo que venga un auto y me pasara por arriba. Y fue tan milagroso ese partido, alejando a todos de esa ruta, dándome tiempo a incorporarme, sentarme a un costado y gritar de dolor y del susto. Nunca, nadie, vino. Supongo que si hubiese estado gravemente herida eso hubiese sido un problema. Pero no, no vino nadie cuando en un día normal hubiese sido atropellada por 5 vehículos diferentes embistiendo esa curva como envaselinados. Creo que si lo vemos de esa forma, puedo decir que el fútbol me salvó la vida.
Yo me voy adaptando a los tipos como un camaleón. Uno es a quién ama, y yo soy todos mis chongos. He sabido amar en todas mis versiones. Y no es que yo deje de ser yo misma para amoldarme a él; es como que cada chongo (y cada persona, creo) me despierta una parte mía, una de mis miles de caras, una de las Cremas que habita en mi interior. Somos varias. Cada chongo que me atraviesa me despierta partes de mí, y alimenta esas partes, y las hace crecer. Y yo me entrego de lleno a esas ventanitas que él ha abierto. Pero creo que si hoy volviera a la cancha de las citas, antes que cualquier otra cosa me daría una paja tremenda jajajajaj, pero también creo que lo encararía de manera muy diferente a la que estoy acostumbrada a hacerlo. Esa escena de Scarface en que están bailando y él la llama “baby”, y ella se da vuelta furiosa y hermosa y le dice “Don’t call me ‘baby’, I’m not your baby”. Para mí esa es la actitud con la que hay que reaccionar ante los tipos. Una debería elegir a quién pertenecerle, a quién le entrega el corazón y a quién le entrega la concha. Y lamentablemente no siempre se da así. Yo habré tenido 24 años o por ahí. Este chico de Boca me trataba como si fuese suya, y yo actuaba acorde. Y me encantaba, pero así como un día me declaró suya, un día me ghosteó el día de mi cumpleaños y nunca más lo volví a ver (aunque años después me mandó un mail y me pidió algo muy parecido a unas disculpas. Les dije que todos vuelven!). Pero en aquel entonces yo lo seguía a todos lados como cachorro recién adoptado. Y nos fuimos a La Plata a ver Estudiantes-Boca. PLA-NA-ZO. Yo para ese momento ya era no sólo hincha apasionada, sino experta en fútbol. Había aprendido mucho de fútbol en muy poco tiempo. Mi viejo y mis amigos futboleros se sorprendían de mis comentarios en los partidos y estaban encantados de poder hablar de fútbol conmigo.Conocimiento (e interés) que se disolvió con su ghosteo. Pero cuando nos sentamos esa vez en el Estadio Único, expectantes por el comienzo del partido, sintiendo el vibrar de una masa de gente llena de ilusión, de alegría, de esperanza, miles de corazones estallados de pasión. Miles y miles de personas que por un par de horas dejan de ser todo lo que son y ahí son sólo hinchas. Y lo único que importa es lo que está pasando frente a ellos. Fanáticos. La mayoría daría la vida por su cuadro. Es conmovedor y contagioso el nivel de fe que se le tiene a un grupo de hombres que ni siquiera conocemos. Los hinchas creen en esos jugadores como si fuesen rabinos, curanderos o superhéroes que con cada gol nos sacan un poco más de la miseria que nos tocó vivir.

Sebastian sin acento es cero futbolero. Repudia el folclore alrededor del deporte y de verdad no entiende la pasión que esa pelota puede despertar en alguien. Le parece primitivo y básico, y el Mundial le parece un sinsentido, una miel vacía que atrae (y distrae) a millones de hormiguitas tontas. Y está bien que piense así, qué se yo. Yo tampoco miro los partidos del Mundial, porque me chupa un huevo en realidad. Lejos estoy de querer forzarle el fanatismo por el fútbol. En especial en este Mundial, que en mi opinion habría que boicotear a toda costa. Pero yo trato de explicarle el amor argentino por el fútbol. Porque si bien hay hinchas de todos los países, yo a los que entiendo a los míos. Y el fenómeno del fútbol es como el del público en los recitales. Vieron que muchos músicos, hablo del nivel de los Rolling, U2, AC/DC, The Police, Madonna, Kis y muchos más. Todos lo dicen. Y creo que hay alguito de cómo somos frente a la música en vivo en cómo somos en la cancha. Locura, pasión y entrega. Incondicionales. Ser argentino puede ser tan mágico como desolador. El INDEC dice 36.5% de pobreza. Yo digo que es mucho más. Y creo que aún más gente en Argentina más que estar hundida en la pobreza está perdida en el desamor social y la injusticia existencial. La mayoría de las personas en Argentina no posee mucho. Algunos nada. Y no hablo (solamente) de propiedades; hablo de posibilidades, de educación (escolar, sexual, de la salud, vial, emocional, financiera), de (la posibilidad de) sueños, amor por el prójimo, esperanza, amor propio. Tampoco tienen nada que perder. No pertenecen a nada, tampoco. En general odiamos al gobierno que esté de turno y la gente maneja de manera agresiva porque está enojada y tiene miedo. Con cualquier gobierno. Nos agarramos a trompadas con una facilidad preocupante y vamos a los besos con la misma desenvoltura. Somos criticones y nos creemos mil. Al principio desconfiamos de nosotros mismos porque sabemos mentir. Muchas veces igual eso nos juega a favor. Saber mentir, digo. «Saber sufrir» dice en la figura 9 de los 16 Principios Básicos de «Instrucciones Para Ser Argentinx» de La Cope. Me pareció tan genial cuando lo ví… porque es re así. Somos tan así. Todo es un drama, vivimos en crisis y andamos por la vida con el corazón partío. Venimos de la lucha y la injusticia. Pero está el fútbol. El fútbol, más allá de las posibles derrotas, la mala suerte y no siempre volver a casa con la copa en la mano, está. Siempre. Y si no preguntale a Racing. Sebastián con acento era hincha de Racing, y siempre me conmovía el amor que le tenía a un cuadro que nunca le dio nada a cambio de todo ese amor, esa esperanza… Con los años conocí a más hinchas de Racing y todos, pero todos -con Sebastián a la cabeza- son personas de un enorme corazón. Y creo que ser de Racing les retroalimenta esa personalidad, como que les incentiva o le pone más énfasis a esa parte de sus formas de ser llena de ternura y bondad y de empatía y de creer en algo o en alguien aún cuando han pasado años sin ganar una. «Fig. 14», avanza la lista. «Sentir con locura y pasión «. Ja, describime al hincha. El fútbol es fuente de bocha de alegrías, pero sobre todo de pertenencia. Cada partido es un asado familiar con tus familiares favoritos. Cada triunfo de tu equipo, cada gol, cada buen pase, cada atajada, cada partido ganado, es como un logro de un hijo. Ver entrar la pelota en el arco te ensancha el pecho de orgullo, como si fuese tu propia sangre que pateó la pelota con tanta precisión (y a veces un poquito de suerte). Y de alguna forma lo es. Yo miraba los hinchas alrededor mío palpitando el partido mientras que con el chongo nos tomábamos una birra helada y comíamos una de las pizzas más ricas que comí en mi vida (finita, en el punto justo de temperatura y LLENA de queso), como si el corazón les palpitara fuera del cuerpo de tanta emoción. Hay caras que no me olvido más, como empapadas de ilusión, como si ese equipo más que correr tras una pelota durante 90min viniera en realidad a salvarlos de cualquier tipo de miseria por la que estén pasando.

«Fig. 4: Agitar cada vez que se pueda», dice La Cope. Mi mamá dice que mi abuela decía «Comer y rascar, es cuestión de empezar». Yo le agregaría, al menos en el marco de «Instrucciones Para Ser Argentinx», manijear. Dale manija a un argentino y no va a parar hasta romper todo, hasta conseguir lo que se propuso, hasta triunfar (a su manera), obviamente habiendo contagiado la manija a cuanta gente pudo en el camino. La Figura 1 es un altar de Gilda y dice «Amar a nuestros ídolos populares», cosa que recontra aplica a todo esto de lo que estoy hablando (teléfono para Messi), pero me pareció que en cualquier país se ama a sus ídolos populares, no es eso lo que los hace ídolos populares? Anyways, «Juntarse a festejar cualquier cosa», dice la figura 11 junto a un viajero. Este me hizo estallar de risa también. Me hizo acordar a cómo mi vieja siempre contaba que mi papá puede pasarse un domingo entero mirando cualquier deporte, no sólo fútbol. «Hasta un torneo de quién escupe más lejos es capaz de ponerse a ver.» Lo decía un poco harta del amor masculino descontrolado por los deportes, pero siento que en el fondo también hacía ese comentario desde la admiración por la capacidad de entretenimiento de mi viejo, y también un poco desde los celos de poder ser así. Yo creo que mi viejo lo que encuentra en el fútbol (y a veces en los torneos de quién escupe más lejos) como todos los hinchas de todos los equipos del país, es pertenencia. No estoy tratando de romantizar el fútbol; también están los barra bravas, la violencia, la gente que muere y los que se sacan. Pero el fútbol también convoca, une, y en el marco de un Mundial, siempre agita al argentino a juntarse a festejar (casi cualquier cosa).

Pasa también estando dentro de Argentina, que gente que nunca mira no sabe nada de fútbol, se fanatice durante el Mundial. Pero cuando estás (viviendo) afuera, te ceba un poco más el tema de juntarte y sentirte menos solo. De sentirte parte deY obvio, de festejar cualquier cosa. A mí igual no me pasa, ja. Ni sigo el Mundial ni sé qué pasa. Mientras todos los argentinos que conozco (y los que no, también) se juntaban ayer para ver el partido, yo me quedé en casa con mi hermana (que no lo ve por cábala) y con Sebastian mirando una peli (The Triangle of Sadness, ALTA peli), fumando hash y tomando helado. El fenómeno del argentino durante un Mundial me hace acordar a ese libro de los 90 «No Seré Feliz, Pero Tengo Marido». Como que casi ni importa todo lo demás, agitamos bandera y chapamos vuvuzelas como si a medida que nos acercamos a la final nos alejáramos de todo lo que nos pesa, nos preocupa y nos hace mal. Cada vez que Messi hace un gol siento que el argentino respira aliviado y orgulloso, y las lágrimas de alegría se subtitulan «no seré feliz, pero soy argentino «. Yo no me hallo en ese orgullo, no me jacto de dónde vengo. Prefiero excitarme con el futuro, con lo que viene y hacia dónde voy. Prefiero enorgullecerme de lo que elegí, y no de lo que me tocó. Durante muchos años mi mantra, mi deseo y lo que creí que era la Meca podría traducirse en «no seré feliz, pero pertenezco». O «busco» pertenecer. Hoy tengo la certeza de que antes de pertenecerle a nada y a nadie, quiero (y puedo) ser feliz.

4 respuestas a «INTERMEZZO (parte II)»

  1. Muy bueno , como lo anterior que leí. Sos una gran escritora! Me dio risa cuando leí lo del fútbol, porque aunque a mi nunca me intereso, es más, lo odie siempre, porque desde chiquita mi mamá escuchaba todos los domingos los partidos, hoy encuentro , que con este mundial me enganche, debe ser la edad! (Ja ja). Escribís divino! Me encanta leerte. Orgullo de tus papis! Besote!

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