INTERMEZZO (parte I)

“Magic pussy”, dice convencida mi vieja como bruja que te lee la fortuna. «Magic Pussy», dice cada vez que le cuento de alguna proeza que mi última conquista ha hecho por mí. Y ni que sean cosas tan locas en realidad, pero siempre es llamativa la desproporción entre el gesto y las razones que les di para hacerlo. De la vez que un danés que apenas conocía viajó desde Londres a las montañas de Córdoba 3 veces en 3 meses sólo para verme: Magic pussy. De la vez que un Tinder con quien salí una sola vez me cortejó diariamente durante un año y medio para una segunda cita: Magic pussy. De cuando otro Tinder en la primera cita me invitó a Tailandia 2 semanas todo pago (y no era un traficante de blancas): Magic pussy. De ese ex chongo que juró que no quería amor y que meses después de ghostearme me llamaba en el medio de la noche para cantarme baladas a capela: Magic pussy. De todos los jefes y los profesores (y profesoras) que se me enamoraron: Magic Pussy. De las incontables veces que un hombre a quien apenas conocía me dijo que nunca conoció a alguien como yo, que nunca un sexo como el que conmigo, que nunca nada sería igual después de un poco de Crema: Magic pussy. De los regalos anónimos que recibía cuando trabajaba en una oficina; flores, docenas de medialunas, chocolates; de los extraños que han pagado mi cuenta en un bar; del Tinder que lo primero que hizo cuando le dieron el alta tras tener Covid en marzo de 2020 fue salir corriendo a conocerme; del novio que tuve que una vez me cortó las uñas con los dientes y se las tragó en el afán de hacerme parte de lo más profundo de él, de ese Tinder que 4 meses después de hacer match me dijo de armar una familia (y le dije que sí): Magic Pussy (y Magic Dick); de todos los actos heroicos y ridículos que los hombres han hecho por mí: Magic pussy.

Lo que está bueno de la Magic Pussy también es que es ambiciosa. Tiene un modo muy exquisito de elegir su presa. Como que tiene un radar y se le pone entre labio y labio el tipo más cool del barrio, el lindo, el más atractivo e intrigante -y a veces también el más boludo- de la fiesta. El más talentoso, el más sensible, el que tiene el corazón más partido (es ese que menos disponible emocionalmente está, nos encanta ese). El imposible, el más codiciado, el que todas quieren, al que nadie se le anima. Ese elige. Y va como caballo de carrera, calentándose y relamiéndose mientras avanza al galope con la mirada puesta en el postre. Y lo consigue. Y lo intriga. Y lo calienta. Y lo conquista. Es un poco gracioso, porque a veces el hombre -la víctima- en cuestión cree que es él el quien eligió a la presa. Pero hay un punto (que se suele dar bastante rápido) en el que la mirada del tipo quiere meterse en la tuya. Como si sus ojos fuesen jarras de sangría y tu cara España en verano. Quiere verterse de lleno en tus ojos, llenarte la boca de él mismo y que una parte de él sea parte de vos. Un autosacrificio para morir en tus adentros. Y empieza a acercarse para hablarte cada vez más cerca, y ves cómo sus ojos miden la distancia con los tuyos, hacen carrerita y se preparan para saltar de clavado en tu cara. PAH! El cazador cazado (nunca casado!).

Y ni hablar de que yo soy más que una concha mágica, pero el Magic Pussy Effect va más allá de la seducción mental. Es como un hechizo, un superpoder, un campo de fuerza, una lluvia de meteoritos que les cae a los chabones sobre la punta de la pija. Se ciegan los tipos. Al menos al principio. Se desesperan un poco conmigo; como que les agarra una cosa de no poder -ni querer- soltarme, no pueden creer lo que ven y les agarra un cagazo como de perder la oportunidad, como si hubiesen dado con un unicornio y no quisieran desperdiciar la oportunidad de ver qué se siente cabalgar sobre el lomo de uno. Tienen un micromomento de desvivirse, de sentir que, si pudieran, se comerían el aire que nos separa a mordiscazos. Al menos al principio. Después hacen de cuenta que ni nos conocemos, ja! Y después de desaparecer, vuelven. A algunos les lleva unos días, a otros semanas, meses… a algunos les lleva años. Pero vuelven. Todos, en algún momento, vuelven. Como que les queda la Magic Pussy dando vuelta en alguna parte de lo profundo de la cabeza no pensante que tienen en los pantalones, ahí latente, como un secreto o un tumor, y un día de golpe… PAH! Sale para afuera, entera y pidiendo atención, como una cana o una erección. En mi opinión, es un arma de seducción pasivo-agresiva (la Magic Pussy, no la erección). 

Desde que aprendió a usar instagram, mi vieja me manda 184 DMs por día con videos graciosos o tiernos de bebés o cachorros. Recién me mandó uno de unos nenes de ponele 3 o 4 años en una fiesta de disfraces. Un pequeño Woody bailaba con una pequeña bailarina y un spiderman un poco creepy los miraba y esperaba el momento y ángulo justos para poder arrebatarla. Toma coraje, y lo hace. Y Woody muy pacífica pero decididamente, estudia la situación, va, lo empuja muy amablemente a Spiderman, y se lleva a la chica. Ella parecía estar contenta con cualquiera de los resultados posibles. Y pensé “qué loco”. Más allá de que no está bueno disputarse a una mujer como si fuese un premio, etc etc blah blah (podrían tranquilamente haber sido dos nenas disputándose a un nene, o dos cachorros disputándose un tubo de cartón de papel higiénico). Me pareció de otro planeta la idea de ser el objeto de deseo de la mayoría. Debe ser muy loco ser la chica de la que todos gustan. Nunca fui -y nunca seré- ni la mina más linda, ni la más flaca, ni la más alta, ni la más atractiva del condado. Y aunque me chupa 3 huevos, tuve que aprender a seducir por otro lado. Y aunque siempre tuve buenas tetas y rodillas huesudas (gracias genética), no tardé en entender que todo en la vida es una cuestión de actitud (o de tener un poco de magia entre las piernas). Y eso que mi Pussy tampoco es ni la más linda, ni la más atractiva del condado. Pero tiene ese nosequé que te hace aguar la boca incluso antes de que empecemos a sacarnos la ropa. Pues Magic Pussy se nace, amor, no se hace. Es como un aura con el que una nace, florece en algún inoportuno momento de la adolescencia y te acompaña para toda la vida, llevándose el mundo por delante, derribando muros, mitos y cremalleras. Pero si lográs, encima, ir por la vida con las tetas en alto y con una actitud suficientemente impetuosa, podés conquistar el mundo. 

Y ahí creo que está el por qué no lo he conquistado todavía, Pinky. Por falta de confianza en mí misma, baja autoestima, depresión, ansiedad, todos los pelotudos de los que hablo en este blog, todos los lindos de los que hablo en este blog, distracciones, más ansiedad, poco amor propio. Porque el amor propio si bien es un camino de ida, no es un camino lineal. Y a veces voy y vengo, siempre queriendo ir para adelante, pero la vida es a veces un María La Paz (un paso pa’trás pa’trás pa’trás, para un costaaaaaado, para el otro costaaaaaado). Creo igual que el amor propio (al menos para mi frágil yo) no es algo que se conquiste, se clave una bandera y quedemos para la siesta. Creo que es la zanahoria, el horizonte que se va moviendo mientras me muevo yo. Una bandera, una ley, una religión.
Lo que sí tengo conquistados son varios puntos del globo. Nunca jugué al T.E.G., pero entiendo que el tema ahí es la conquista y terminar peleados con los demás jugadores. Si de pijas se tratara, creo que sería muy buena jugando (salvo la parte esa de que el T.E.G. destruye familias, ja! Ante todo una jugadora con el culo (y la Pussy) limpio.)

Todos los chongos que me han seguido desde la civilización primermundista hasta el culo del mundo en el que nací, cegados por el amor o por la “Magic Pussy”, flashean en colores cuando van a La Cumbre, el pueblo en las montañas que me vieron nacer, crecer y huir. Y la verdad es que los entiendo, pues es un lugar mágico (y es una Magic Pussy).     

Desde que me vine a vivir a Berlín hace poco más de 5 años, volví a Argentina 3 veces (todas con chongos europeos que recién me conocían). Si me preguntan, no: no extraño. A los europeos generalmente les cuesta entender que no quiero volver a vivir a Argentina. Pues cada uno quiere lo que no tiene. Yo siempre lo tuve todo, y aún así quería otra cosa, y necesité salir a buscarla. Ni en pedo extraño, ni en pedo volvería. No a vivir. Pero hay algo con las raíces, de lo que no se puede escapar por siempre, por más lejos que se corra. Sé que hay gente que vivió en mil lugares y supongo que los nómades tienen una historia diferente que contar, pero cuando tenés un lugar que te vio nacer, crecer, formarte, desfigurarte, transformarte y renacer, es imposible no estar conectadx con eso, por siempre. Es como el vínculo con los padres. Te hayan planeado o no; te hayan amado, o no; hayan sido padres presentes, o no; los hayas conocido, o no. Existe un vínculo innegable. Es de donde venimos. Y de alguna forma es adónde vamos. Algunos repitiendo la historia, otros tratando de revertirla. Es lo que, nos guste o no, nos gestó, nos parió y nos escupió a la vida. Y a mí con La Cumbre me pasa un poco eso. Es un lugar que odié durante toda mi adolescencia, al que no volvería a echar raíces adultas. Sí tuve la mejor infancia del mundo ahí. Te digo que es un lugar mágico! Es un microcosmos de montaña, naturaleza, zorros, incendios, artistas, drogadictos, un campo de golf, campos de frambuesas, campos de lavandas, el río, miles de parapentes de colores sobrevolando el verano, los gauchos yendo al cheboli a caballo, las calles haciendo eco en invierno, donde la gente vieja es inglesa y aunque está en el corazón de Córdoba, los cordobeses allí son minoría (y no tenemos tonada!). Por supuesto que también ayudó que cuando yo era chica mis viejos todavía estaban juntos (se adoraban), era el 1 a 1, y yo gozaba del disfrute y la ignorancia existencial de la que gozan los niñxs. Pero insisto: fue ese pueblo mágico, a la vez conservador y a la vez zarpado, común pero mágico, hostil pero acogedor, que me dio la mejor infancia del mundo, y me hizo quien soy hoy. Soy una mujer que no niega su pasado pero jamás volvería a habitarlo, y lo digo sin remordimientos; viví mucha magia allí pero también sufrí mucho y siento haberme ganado el privilegio de una vida diferente, una vida lejos, una vida propia.

Pero como ni las raíces ni los padres pueden negarse (ni elegirse), necesito volver de vez en cuando. Llevo años (wow! en plural!) en Berlín y durante los primeros 3 volví una sola vez a mi canal de parto terrenal. Sé que hay exiliados que no han vuelto nunca a sus lugares o que pasan 40 años antes de que puedan volver por primera vez (si es que vuelven). Yo no estoy diciendo que la mía sea la historia más desgarradora de todas, sólo digo que es la mía propia. Y me hacía tanta ilusión volver otra vez…


La primera vez que fuimos juntos a Argentina con E. -la primera vez que volvía yo desde mi autoexilio-, en enero de 2019, fue mágica. La segunda, yo esperaba secretamente que arreglara como por arte de magia una relación que caía montaña abajo. Teníamos pasajes para el 15 de marzo de 2020. Ese año macabro, ese marzo donde todo se fue tan a la mierda. 2020: El año que todo mal. Todo mal, pero todo bien. Igual spoiler alert, todo nos salió bien al final (ya les contaré). Y habíamos arrancado bien, también. Veníamos bien. O eso creíamos. En aquel principio de año, para mí el 2020 pintaba como el mejor año por venir. Y aunque a fin de cuentas terminó siéndolo (aunque de la forma menos obvia), desde el poco espectacular chin chin de año nuevo que tuvimos con E. en la cocina de casa los dos medio enfermos, todo tardó menos de 3 meses en darse vuelta como un panqueque. Pero hasta que todo cambió, si bien la pareja andaba más mal que bien, yo como persona, como artista, andaba surfeando la ola. Me costó mucho llegar a esa cumbre, a vivir cómodamente de lo que hago, a que me lluevan proyectos, que las obras se vendan como pancitos calientes, a que mi nombre se empezara a esparcir por la ciudad como un virus. Rasquetié el sueño berlinés y PAH! Pandemia. Y el mundo se pausó, y yo me desmotivé, y no pude moverme dentro de mi cabeza por dos años. Dos intensos, mágicos, largos y extraños años. Pero todavía no sabíamos nada de eso.

Pasaríamos juntos dos semanas en mi pueblo mágico y luego él se volvería a Berlín, y yo viajaría a Japón a ver los cerezos en flor. Como ya veníamos mal, reconozco que hacía algunos meses que venía cuestionándome la dirección de nuestra relación, y mi propia dirección en la vida. Ya teníamos los pasajes comprados, y si bien percibía que la crisis era grave, no la vi como el fin del mundo; me parecía desmedido pedirle que no viajara, y pensé que quizás lo que necesitábamos era un poco de distancia, un poco de aire. Estaba dispuesta a poner todas nuestras diferencias a un lado por dos semanas, hacer un paréntesis, respirar hondo. Después estaríamos más o menos un mes separados, y pensé que podría ser bueno para ver qué me pasaba sin él; lo extrañaría? Me pondría contenta? Triste? Aliviada? Desesperada? Eso estaba por verse. Tiempo al tiempo. He sabido ser una persona extremadamente ansiosa. No que haya dejado de serlo, pero he aprendido más y más a confiar en el Cosmos, y en el tiempo de las cosas. Que todo lo que sucede conviene, que todo (y todos) pasa por algo, que todo llega, y que si bien las cosas no se resuelven por arte de magia, tampoco se puede apurar al Universo, y como lo he explicado antes; no se puede forzar al amor. Y aún si (aún) hay amor, solo el amor no alcanza. Se tiene que dar tanto en una pizca de exactitud en el tiempo-espacio… es tan difícil, y creo que en general lo damos tan por sentado cuando pasa… el timing, ese micromomento en el que los dos están en el momento y lugar físico y mental correctos para hacer ‘clic’, es quien tiene la última palabra. Todo puede parecer perfecto, la persona de tus sueños, vos la de él o ella, se enamoran, todo parece posible. Pero no van a llegar a ningún lado si el timing no es el correcto. And timing is a bitch.

A principios de marzo empezaron a aparecer casos de Coronavirus en casi todos lados, o al menos en los puntos claves de la sociedad moderna. Uno de los primeros lugares en rojo fue Japón, y con él se hundieron mis cerezos en flor. Mientras se mantuvo en Asia, a todos los nenes bien de este lado del mundo nos costaba creer -y dimensionar- lo que estaba sucediendo. Mientras se quedara en Oriente era como escuchar noticias de una peli de ciencia ficción, como el avance de un Godzilla invisible que nunca nos iba a tocar. Pero no pasó mucho tiempo antes de que Alemania empezara a sentirse amenazada, y Argentina, también. Empezaron a correr los primeros rumores de cuarentena, nadie sabía bien cómo se iba a manejar eso, ni cuánto duraría (dos semanas, MÁXIMO). Pero me la vi venir que deberíamos aislarnos al llegar a Argentina, y me pareció un plan absurdo. Nunca nadie se imaginó lo que se venía, y nunca imaginé lo absurdo que sería no poder ver a mi familia durante un año entero más. Tampoco me imaginé -y me hubiese parecido absurdo si alguien me lo decía- que tan sólo 6 meses después de ese primer brote iba a estar morocha (después de 12 años de rubio platín), comiendo carne (después de 18 años de vegetarianismo), con la cara y las manos tatuadas, viviendo con un hombre que hasta entonces no conocía, que la policía te podía abducir por no usar barbijo, y que había un niño creciendo dentro de mí. Pero henos aquí. Fue un año en el que la vida nos cambió a todos, en el que todos cambiamos, y en el que el mundo empezó a funcionar de otra manera, para todos. Fue un sinfín de noticias rarísimas y eventos inesperados que se iban superando entre sí. Y aunque fue un año tremendamente impredecible, yo desde siempre digo que mi realidad supera la ficción.
Japón tampoco iba a suceder y todo me empezó a dar mala espina. Y si lograba viajar, pero me quedaba del otro lado? De solo pensar que me quedaría de rehén en Argentina me daba escozor. En Argentina sin salida. Con un novio que ya no sentía mi novio. Se sentía como ahora, que con ya pasados los 30 años tengo esos sueños en los que debo una materia en el colegio, o que me olvidé un mapa para la clase de geografía. Quedarme varada en Argentina para mí no era una opción. Quedarme ahí confinada por un virus letal sin poder volver a la vida que siempre había soñado, a mi futuro, a mi nuevo mágico universo, me parecía un chiste de mal gusto, un guión barato de ciencia ficción. Un Godzilla invisible gestado en una sopa de murciélago mal cocido. Qué disparate. Decidimos entonces cancelar el viaje. Decidí cancelar el viaje. Me pareció terrible. Lloré la cancelación de ese viaje por el dolor genuino que me generaba no poder ir a mi lugar, no poder abrazar a mis viejos, a mi hermana, no poder volver adonde no quiero estar. Pero también lloré muchísimo por la duda que tenía de estar haciendo las cosas bien. Era re el principio de la pandemia, el principio del principio. Y había mucha gente descreída, desinformada y sin miedo, que me cuestionó mucho mi decisión, me llamaron loca y exagerada. A los pocos días cancelaron todos los vuelos desde y hacia Argentina, y los medios empezaron a darme la razón. Pero yo seguía llorando. Porque tampoco estaba segura de estar haciendo las cosas bien con E.

El día que hubiésemos viajado, no pude más de tanto llorar, de tanta duda, de tanta angustia, de seguir con las cosas como estaban no hubiese sido hacer lo que el corazón me decía, y le dije a E. que necesitaba un tiempo. Dos días después declararon el lockdown en Berlín, y me invadió una sensación de alivio, de refugio. Lejos de sentir miedo, me sentí a salvo. Confinada en mi departamento con mi roomie. Con miedo a todo y a todos (hacé memoria de cómo era el re principio de la pandemia! Tremendo, no?). El tamaño del alivio que me generaba no tener -ni poder- ver a nadie y que nadie tuviese derecho a exigirme salir, la paz que me daba sentir como que nadie podía esperar nada de mí, ni exigirme nada, no puedo ni explicarlo. Yo sabía que era el principio de un año siniestro, pero también empezaba a sentir y a entender que era el principio de algo muy bueno para mí. Todo mal, pero todo bien. Terminé pasando esos primeros meses de lockdown estricto haciendo un viaje tremendo hacia el centro de mí misma. En el cajón de las bombachas me había quedado una cajita con un montón de porro y unos cartoncitos de ácido. La ley primera era que no teníamos permitido salir. Entonces decidí entrar. Me pasé la primera parte de la pandemia fumando porro como una chimenea (una chimenea muy contenta), meditando, haciendo arte y sanando. Recorrí un camino largo y arduo a través de las montañas rocosas de mi interior para terminar cuchareándome a mí misma en la suavidad del amor propio. Durante ese tiempo me redescubrí como artista, como mujer, como niña, y como persona. Y me enamoré de mí misma. Hacía mucho ejercicio en ese momento, comía muy sano, y por primera vez en mi vida sentí una paz tremenda conmigo misma. No aprendí a hacer pan de masa madre, pero sí aprendí a romper con mi pasado, mi ansiedad, mi miedo y mi enojo. Aprendí a amarme, a mimarme, a mirarme al espejo y encontrar ahí a una amiga (la mejor amiga de todas). Me empecé a divertir tanto conmigo misma que sentí que podría vivir en lockdown de manera muy feliz durante los próximos 20 años. Y por supuesto que no tardé en encontrar chongo(s). Fue, sin exagerar, el mejor año de mi vida. Todo lo horrible y terrible que estaba pasando en el mundo ahí afuera sacó lo mejor de mí, y por primera vez desde que dejé de ser una niña, fui tremenda y profundamente feliz.

13 respuestas a «INTERMEZZO (parte I)»

  1. Soy la mama de Magic Pussy. Mama orgullosa del talento de esta hija artista en varias aristas del arte. Su talento creativo es innato. A los 9 años el Diario La Nacion le
    Publico en carta de lectores lo que ella habia escrito sobre la guerra de Afganistan. Y el periodista Neustard estrella de aquel momento le hizo un reportaje a las 7 am para su programa radial. Too much para 9 años

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